Vie. 04 Abril 2025 Actualizado 12:59 pm

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Donald Trump, presidente de Estados Unidos, firma la imposición de aranceles para decenas de países, incluida Venezuela (Foto: Kent Nishimura / EFE)
En un contexto regional y global

Trump define (por ahora) su política para Venezuela en el Gran Juego de EE.UU.

Las recientes acciones de la administración de Donald Trump en materia financiera y comercial muestran el perfilamiento de su política exterior, quizás definitivo, la cual se compagina con la intención de reconfigurar la hegemonía de Estados Unidos en un mundo cuyas placas tectónicas en lo geopolítico y geoeconómico están cambiando irremediablemente.

Con relación a Venezuela, las medidas que la involucran, o que la atacan directamente, parecen tener como fin neutralizar su desarrollo e influencia en el panorama energético, esto en un gran juego global en el que Washington pretende competir contra Beijing y redefinir su papel dominante en el Hemisferio Occidental.

Entre aranceles y sanciones

La nueva táctica predilecta de Trump 2.0, tanto para su política económica interior como para las relaciones internacionales estadounidenses, es la imposición de aranceles.

Se trata de una medida comercial que ha venido izando como bandera con fines de presión política, en los casos de México y Canadá, y para la formación de un plan económico que instala de principal argumento que las importaciones extranjeras baratas han causado la desindustrialización de Estados Unidos, a la vez que aumentan su déficit comercial.

En esta tribuna se ha explicado que este análisis es errado ya que ambos factores se relacionan con el hecho de que el sector manufacturero estadounidense no ha experimentado ningún crecimiento significativo en cuanto a productividad en 17 años; más bien ha decrecido, incluso durante la primera guerra arancelaria de Trump desplegada en su primer mandato. Ello ha provocado que el país norteamericano no pueda competir comercialmente contra China e, incluso, contra otros países en varios sectores.

Por tanto, al gobernante republicano le valdría mejor pensar en una política económica que preserve la inversión productiva por sobre la ganancia corporativa, si en realidad piensa recuperar parte del músculo industrial perdido. Quizás el memorando America First, también explicado por Misión Verdad, sea un primer paso en ese sentido, pero faltaría una coordinación mucho más grande de los grandes capitales norteamericanos para que se llevase a cabo un resurgir manufacturero como lo sueña el magnate presidente.

En todo este meollo entra Venezuela; nuestro país entró en la lista del Día de la Liberación el pasado miércoles 2 de abril con la imposición arancelaria de 15% a los productos venezolanos que se comercialicen en Estados Unidos.

A ello se añaden las sanciones unilaterales en el sector petrolero: las licencias específicas para que Chevron y otras empresas europeas inviertan y trabajen en el sector de los hidrocarburos han sido revocadas.

Aun más: la Casa Blanca anunció que cualquier país que compre petróleo o gas venezolanos se enfrentará a un arancel de 25% en sus productos exportados hacia Estados Unidos.

De este modo, podríamos comprobar dos hipótesis, al menos de momento:

  1. Marco Rubio, secretario de Estado, está ganando el pulso en cuanto a la política exterior de Washington sobre Venezuela, a contrapelo de las señales a inicios de año cuando parecía perfilarse una relación bilateral asentada en la realpolitik y la diplomacia en ciernes a cargo del enviado especial Richard Grenell.

    Recordemos que Rubio es un adalid de la "máxima presión" y fue crítico acérrimo de las licencias generales y específicas que el anterior gobierno de Joe Biden había concedido a las petroleras occidentales para llevar a cabo operaciones en Venezuela, con el argumento de que con ello financiaba al gobierno del presidente Nicolás Maduro.
  2. Estados Unidos busca consolidar una supremacía energética de corte geopolítico intentando redireccionar los flujos petroleros en beneficio propio. Lo que conlleva neutralizar la importación de crudo venezolano que Chevron estaba orientando hacia las refinerías en Texas y Nuevo México —un daño autoinfligido)— y no permitir que otros países compren los hidrocarburos provenientes de Venezuela, si no se llega a prorrogar la Licencia 41B después de mayo, cuando tendrían que detenerse las operaciones  de la petrolera estadounidense en el país.

    Todavía no se conoce empíricamente el alcance de la medida arancelaria con terceros países, ya que no ha habido hasta ahora un caso conocido. Esto en el entendido de que lleve adelante esta política y pudiera perjudicar sus relaciones económicas y comerciales con, por ejemplo, la India, con la que está concluyendo las negociaciones para firmar un acuerdo comercial bilateral multisectorial, siendo este país el segundo mayor comprador del crudo venezolano.

Venezuela en el Gran Juego

La política de Trump 2.0 hacia Venezuela parece que toma, momentáneamente, una forma definida.

En el plano sancionatorio y arancelario, vuelve la "máxima presión", aunque en un contexto donde el Estado y la sociedad venezolanos se han adaptado a las condiciones de bloqueo y embargo y, por tanto, tiene válvulas de escape para que el golpe no se reciba con la contundencia de antaño.

Venezuela ha encontrado maneras de vender su petróleo y atraer inversiones desde países del Sur Global y de los Brics. Además, hay varias naciones europeas que están interesadas en prolongar las relaciones económicas con nuestro país y tienen la intención de presionar por su participación en operaciones energéticas en Venezuela.

El contexto de "máxima presión" necesita de un consenso en la zona de influencia estadounidense para que surta el efecto de cerco y asfixia; sin embargo, las acciones y los discursos de Trump y su equipo contra la Unión Europea y la OTAN, en relación directa e indirecta a Rusia y Ucrania, están marcando un escenario distinto al del primer gobierno del presidente republicano.

Si uno de los objetivos de Estados Unidos es reforzar la soberanía en su cadena de suministros con vistas a neutralizar la influencia que tienen otros países sobre ella, como sugiere el analista Andrew Korybko, con la intención de prepararse para un mayor conflicto a escala global contra China e Irán, entonces Venezuela entraría en la ecuación como un país objetivo, que tiene estrecha relación con ambos poderes emergentes y que Washington querría atraer a su zona de influencia de manera coercitiva.

En ese sentido, presiona a Venezuela para que reduzca sus lazos internacionales con el Sur Global y los Brics.

Pero más allá del Washington oficial, nunca se deben perder de vista las vías exploratorias para un cambio de régimen por la vía violenta, cuyos precedentes son públicos y notorios con agendas mercenarias y narcoparamilitares en el meollo, y con operadores de nacionalidad venezolana como María Corina Machado dispuestos a llegar "hasta el final" de las consecuencias.

Apuntando a Venezuela, recipiente de las mayores reservas petrolíferas del mundo, Trump buscaría asegurar la influencia de la potencia norteamericana en el Hemisferio Occidental, bajo las directrices de la Doctrina Monroe versión MAGA, y así tener ascendencia determinante en el gran juego que enfrenta a Estados Unidos y China junto a los Brics por el pulso en el reacomodamiento de la geopolítica y la geoeconomía a escala planetaria.

— Somos un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales. Desde el principio nuestro contenido ha sido de libre uso. Dependemos de donaciones y colaboraciones para sostener este proyecto, si deseas contribuir con Misión Verdad puedes hacerlo aquí<